Bibliotecas (Spanish Edition) - Guido Percu's Notes
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Bibliotecas (Spanish Edition)

📅 May 21, 2026 📁 books 🌱

Bibliotecas (Spanish Edition)

Kindle Highlights

«Como te ves, yo me vi; como me ves te verás».

En las bibliotecas ningún estante permanece vacío mucho tiempo.

Finalmente, el número de libros supera siempre el espacio asignado a ellos.

La Reference Library de Toronto consiste en una serie de discos en progresión ascendente.

A la luz leemos las invenciones de los otros; en la oscuridad inventamos nuestras propias historias.

la biblioteca monástica asesina de El nombre de la rosa de Umberto Eco… todas ellas son meramente ilusorias.

«Imaginar el argumento de una novela es una tarea placentera», dijo una vez Borges. «Escribirla es una exageración

una biblioteca circular permite al lector imaginar, más generosamente, que cada última página es también la primera.

como lo demuestra una de las bibliotecas más bellas que se haya construido jamás, la Biblioteca Laurenziana de Florencia.

«los antiguos muertos que se alzan de los libros para hablar con nosotros» (como los describió Séneca en el siglo I d.C.),

Sobre la puerta de la biblioteca ideal está escrita una variación del lema de Rabelais, «Lys ce que voudra» («lee lo que quieras»).

Aun cuando está hecha de paredes y estantes y libros, la biblioteca ideal está en la mente. La biblioteca ideal es la biblioteca recordada.

Para celebrar la ocasión, escribió un poema acerca de la «espléndida ironía de Dios» que le concedía simultáneamente «los libros y la noche».10

Hay ciertos libros que son, en sí mismos, una biblioteca ideal. Moby Dick de Melville, la Commedia de Dante, las Mémoires d’outretombe de Chateaubriand.

En otra de las abadías de Gargantúa, en la de Theleme, Rabelais escribe el lema: «Fays ce que voudra» «Haz lo que quieras». En su biblioteca de St. Victor podría haber inscrito «Lys ce que voudra» «Lee lo que quieras». Yo he escrito esas palabras sobre una de las puertas de mi biblioteca.

San Juan, con economía digna de elogio, resumió la relación entre las letras, la luz y la oscuridad en una famosa frase: «En el principio era el Verbo». La frase de San Juan describe la experiencia del lector. Como bien sabe todo lector de biblioteca, las palabras de la página exigen luz. La

La lista —que le mantuvo en constante peligro de caer en manos de la Inquisición— incluía los Aforismos de Hipócrates, las obras de Platón, Séneca y Luciano, el Elogio de la locura de Erasmo, la Utopía de Moro, y hasta un peligroso libro polaco recientemente publicado, De revolutionibus de Copérnico.

Los libros proporcionan a una habitación una identidad especial que, en algunos casos, puede usurpar la de su propietario, una peculiaridad bien conocida por personalidades zafias que exigen ser retratadas ante una pared forrada de libros con la esperanza de que ésta les otorgue un lustre de sabiduría

Más tarde, en mi casa de Toronto, coloqué estanterías en todas partes, en los dormitorios y en la cocina, en los pasillos y en el baño. Hasta en el porche cubierto había estantes, de forma que mis hijos se quejaban de tener la sensación de necesitar un carné de biblioteca para entrar en su propia casa.

Coleccionar libros imaginarios es una antigua ocupación. En 1532 apareció en Francia un libro firmado por el erudito apócrifo Alcofribas Nasier (anagrama del doctor Francois Rabelais) titulado Los horribles y portentosos hechos y proezas del muy renombrado Pantagruel, rey de los dipsodas, hijo del gran gigante Gargantúa.

En la biblioteca ideal la Commedia de Dante está al lado de Deadlines de Phil Cousinau, los Ensayos de Montaigne junto a Montaigne de Eduardo Lourenço, Madame Bovary de Flaubert junto a La novia de Odessa de Edgardo Cozarinsky, Los hermanos Karamazov de Dostoievsky junto a Dostoievsky lee a Hegel en Siberia y rompe a llorar de Lázló Llöldényi.

Poco después de la Navidad de 2003, un neoyorquino de cuarenta y tres años, Patrice Moore, tuvo que ser rescatado por los bomberos en su apartamento después de pasar dos días atrapado bajo una avalancha de revistas, periódicos y libros tercamente acumulados durante más de una década. Los vecinos le oyeron gemir y mascullar a través de la puerta bloqueada por todo ese papel. Sólo después de forzar la cerradura y de comenzar a excavar en las montañas de publicaciones hallaron sus salvadores a Moore en un pequeño rincón de su apartamento, literalmente enterrado por sus libros. Una hora tardaron en rescatarle: fue necesario sacar cincuenta sacos de material impreso antes de poder llegar hasta ese contumaz lector.

Había heredado de su padre la enfermedad que poco a poco, implacablemente, iba debilitando su vista, y el médico le había prohibido leer con poca luz. Un día, durante un viaje en tren, estaba tan absorto en la lectura de una novela policiaca que continuó leyendo, página tras página, a la luz menguante del crepúsculo. Poco antes de llegar a su destino, el tren entró en un túnel. Cuando salió de él, Borges no veía más que una neblina coloreada, la «oscuridad visible» que Milton pensó que era el infierno. En esa oscuridad vivió el resto de su vida, recordando o imaginando historias, reconstruyendo en su mente la Biblioteca Nacional de Buenos Aires o su propia y limitada biblioteca. A la luz de la primera mitad de su vida, escribió y leyó en silencio; en la penumbra de la segunda mitad, dictó y le leyeron otros en voz alta.

Pero no todas las bibliotecas son resultado de un sueño; algunas proceden del reino de las pesadillas. En la primavera de 1945, un grupo de soldados de la 101a División Aerotransportada descubrió, en una mina de sal cercana a Berchtesgaden, los restos de la biblioteca de Adolf Hitler, «guardada desordenadamente en cajones de botellas de aguardiente que llevaban la dirección de la Cancillería del Reich».30 De esta grotesca colección sólo mil doscientos libros que llevaban o el exlibris del Führer o su nombre fueron considerados dignos de ser preservados en la Biblioteca del Congreso de Washington, en el tercer piso del Edificio Jefferson. Según el periodista Timothy W. Ryback, es curioso que los historiadores del Tercer Reich nunca hayan tenido en cuenta este botín de guerra. Se calcula que la biblioteca original de Hitler constaba de dieciséis mil v <Você alcançou o limite de recortes para este item>

agua después de perder el conocimiento. Según Colette, cuando Masson iba a visitarla en su villa a orillas del mar, se sacaba de los bolsillos un escritorio portátil, una estilográfica y un paquetito de fichas en blanco. «¿Qué haces?», le preguntó Colette un día. «Trabajar», le contestó él. «Hacer mi trabajo. Me han destinado a la sección de catalogación de la Biblioteca Nacional. Estoy haciendo un inventario de los títulos». «¡Ah! ¿Y puedes hacerlo de memoria?», le preguntó Colette maravillada. «¿De memoria? ¿Qué mérito tendría eso? Hago algo mejor. He comprobado que la Nacional es muy pobre en obras latinas e italianas del siglo XV», explicó Masson. «Hasta que el azar o la erudición vengan a llenar esos huecos, escribo los títulos de obras extremadamente interesantes que deberían haber sido escritas… Con ellos podrá salvarse al menos el prestigio del catálogo…» «¿Pero si los libros no existen…?» «¡Ah!», contestó Masson con un gesto frívolo. «¡No esperarás que lo haga yo todo!»21